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lunes, 24 de agosto de 2020

Las hienas de Ravensbruck de Karl Von Vereiter en 9 frases.

 

De pronto, se dio cuenta de que, mientras que había habido gente muriendo o sufriendo como condenados entre los muros que se desplomaban en medio de las llamas... ella había hecho el amor con Friedrich. Durante unos momentos se horrorizó. Después, de poco en poco, mientras marchaba armoniosamente por las calles de Altona, se dio cuenta de lo absurdo de sus ideas, y de que era la locura de la guerra la única culpable de que, dos cosas tan distintas como el placer y el dolor, pudieran codearse a un tiempo.


—¡Ya veis dónde estamos! —exclamó rabiosamente Drilling—: ¡Eso se llama la política de los hijos de papá! "Mein Gott!" ¡Si nuestro Panzerführer hubiera cometido una falta de esa talla hace tiempo que habría caído delante de un pelotón de ejecución! Helmut le miró, con un gesto divertido: —¡Habría que haber previsto eso, pequeño Peter! ¡Si hubiéramos podido, habríamos dicho a nuestras mamás de entendérselas con alguien importante, en vez de acostarse con un tipo cualquiera! —¡No digas tonterías! —¡En absoluto! ¡Eres tú el que no comprendes nada de esta puta vida! Es mucho mejor ser un hijo de puta con un papá importante, que un hijo de un fulano cualquiera! 



—Pero, "Mein Gott!", ¿por qué querer invertir las leyes de la vida? ¿Cómo creen que van a obtener hijos perfectos como si sé tratara de perros o de gatos? Soy médico... ¡y sé lo grande que es nuestra ignorancia sobre las leyes de la herencia humana! Hizo una mueca. —¿Se puede ser tan estúpido como para creer que la belleza física, la fuerza muscular, la armonía del cuerpo están asociados con la inteligencia, la bondad y la grandeza del alma? Una débil carcajada surgió de la boca de la vieja enfermera. —¿Y cómo sabes que desean producir seres buenos, pequeño? ¡Qué lejos estás de la realidad! ¡Para construir ese Reich milenario que el cretino de Adolf preconiza, necesitan bestias, hermosas bestias con un corazón implacable, que no tiemblen al azotar a los millones de esclavos que trabajarán para ellos! —¡Pobre Alemania! ¡Nunca será purificada de esta horrible falta!



Un silencio horrible reinaba en el "Ravier". Se había enseñado a sus ocupantes, a base de golpes, a no quejarse nunca. Esperaban, sin saber que, porque nin g ún socorro, ningún medicamento les era distribuido. Frieda, que había avanzado a lo largo del corredor bordeado de lechos, llegó a la terrible conclusión de que hasta la muerte debía estar asqueada de aquellas presas infectadas que se le ofrecían.



—¿Pero por qué dejarnos? ¿Por qué desertar? ¡Eres, lo quieras o no, un alemán! —No, te equivocas; mi buen Karl. Este país en que he nacido, el uniforme que llevo, no significan, nada para mí. Un hombre, llevando un uniforme cómo éste, se ha acostado con mi hermana menor, le ha hecho un hijo... y la han matado!



—¿Para qué? ¿Para quitaros la moral? “Neil!” Mientras estaba al mando del tanque, he actuado como jefe, como amigo... y un amigo es aquel que no nos amarga la vida con sus problemas…



—¿No tienes miedo de lo que los rusos pueden hacerte? Son un poco bestias, lo sabes tan bien como yo... —Todos somos bestias, amigo... Un soldado es como un saco. Cuando le ponen el uniforme, le vacían de todo lo que lleva: inteligencia, bondad, sentimientos humanos, dulzura, amor... Luego vuelven a llenar el saco, poniendo dentro frases de odio, de desprecio hacia el enemigo, de estúpida superioridad que inclina la balanza de la razón hacia el lado donde el desdichado combate... Sus dientes rechinaron: —¡Eso somos, camarada! Sacos llenos de basura, de estiércol, de mierda...Pero no son sólo las balas las que agujerean ese saco. El dolor, la miseria, terminan por romperlo y cuando las mentiras se salen de él, el saco queda vacío... convertido en un trapo sucio, sin contenido, esperando que alguien lo queme…



Después el silencio se reinstaló en el campo de batalla. Muy corto, porque un grito enorme que surgía de miles de gargantas, que al fin podían gritar su alegría, se extendió como el rugido de una tormenta. Aquel grito no era sólo la manifestación alegre de las deportadas, de las supervivientes del infierno de Ravensbrück; era el grito de Europa entera, el grito de los hombres, de las mujeres y de los niños que habían conocido a los nazis. Y, desde la frontera española hasta Narvik; desde el Atlántico hasta el Volga, aquel grito de libertad al fin recuperado se elevó hacia el cielo como la más grandiosa acción de gracias… 



Ella misma había olvidado casi los antiguos sufrimientos. Nuevos deberes la solicitaban y se entregaba con la fuerza que las gentes ponían en rehacer sus vidas. ¡Paz a los muertos! Sí, paz y también olvido, porque las peores heridas acaban por cicatrizar.


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